Guillermo Jiménez*
Una semblanza del escritor zapotlense
Una prolongada estela de admiración sustantiva, esencial, reputa hoy día a Guillermo Jiménez como uno de los más deliciosos escritores de Hispanoamérica. Se han impuesto suavemente a un férvido "intelleto d'amore" Zapotlán y Constanza sobre todo, pues ambos libros representan los instantes más certeramente bellos, más agudos y mejores de la vida de este artista exquisito. La vibración lírica que los penetra. invadiéndolos con su savia cordial al través de sus finísimas arterias comunicantes, hace que la palabra logre, en ambas obras, alta expresión poética.
Todo lo que la patria más que guardar oculta con arrobo y celo: la sapidez de las frutas que en provincia perfuman todavía los caseros baúles; la innata bondad de las gentes de nuestra estirpe que aun nombran las cosas a la usanza antigua y miden el tiempo (¡oh, López Velarde!) por cabañuelas. se santiguan al toque de sus campanas católicas, al paso de un ataúd y cuelgan el humano destino de la magia de unos cuernos o de las flores de la mitología ancestral; la tibieza fecunda de la tierra de nuestro "ager" amado; todo lo fino y complejo y prócer, lo que sin mácula integra la alquimia del temperamento patrio, rózanos el alma, con su perfil, enhiesto en las fragantes obras del escritor jalisciense.
Un amigo mío -cuántos que no los habrá- lamenta que Guillermo Jiménez se haya adelantado en temas de tanta emotividad y encantamiento. "Cómo hubiera querido escribir, me dice, algunas de las lindas páginas por él escritas", y piensa que muchos podrían hacer suyas las palabras del cortesano M. de La Bruyere al referirse a las cosas del espíritu y aplicarlas a las hermosas obras del autor de La canción de la lluvia: "Llegamos demasiado tarde"... y la querella resulta justísima: Zapotlán y Constanza, que han alcanzado envidiable número de ediciones, son libros indefectibles a todo advenimiento. El pintor del cuento que intentaba pintar la gota de agua, logra menos fortuna que el maestro mexicano: éste sí que alcanza con trazos firmes y breves la "difícil sencillez" (si hemos de emplear la frase trillada) que buscan los temperamentos más claros; la sencillez que es la virtud más rebelde a la simulación".
La prosa de Jiménez tiene el cristalino color del aire, hecha sin ahorros de profundidad. hacia varias dimensiones; es decir, no simple prosa la de este dilecto cultor de las letras. sino creación intensa y admirable.
Ayer se extasiaba ante la belleza mágica y rítmica de las palabras como un orfebre delante de un bronce milagroso. ("Es la hora de Valle Inclán.") Hoy, con un andamiaje más elemental, pero todavía superfino, nos regala poemas de sonoridad metálica, en los que la expresión de su prosa esmaltada de imágenes pugna por concretar su estética. Acaso los cuadros venerables de los maestros de la pintura le han dado ciertos elementos a su estilo, pues parécenos a ratos que las palabras se disuelven en purísimos colores, luces preciosas, visuales expresiones.
En la crónica elegante, undosa, vibrátil. suyo es el don de la armonía, y elevando este género volandero a las amables regiones del arte, hace de algo perentorio precisamente lo contrario. En rápidas pinceladas, como de estampa japonesa, plasma la gracia fugitiva de esas mariposas de luz. La más honda impronta en la vida del artista la deja la ternura de una madre dulcemente melancólica, quien al cantar enternecía hasta las lágrimas al hijo soñador. ¿Cómo olvidarse de la bondad evangélica de quien fue para la familia como una Hermana de la Caridad; del canto que era "la amargura de un dolor aprisionado en su propio destino"; de las manos marfilinas y hacendosas que se elevaban a Dios en rezos fervorosos y la añoranza en sus ojos, tenue como las líneas de un daguerrotipo? Y como madres así siempre tienen hijos poetas, Jiménez pone más tarde en Constanza, como ofrenda a la mujer que es símbolo de la maternidad mexicana, la sutil estela de su melancolía, el dolor, íntimo, callado y noble de la madre muerta.
La otra huella la imprime Zapotlán. Allí se inició en los misterios y en el amor de la naturaleza; frente a la esplendidez del valle que aún perfuma la beatitud que se desprendiera del pardo sayal de fray Juan de padilla; entre las frondas del Camichín, de los guayabos, de los zapotes. contemplando la pirotecnia de los crepúsculos. azul, oro y cinabrio... Prendiendo su risa alegre en las flores rojas de los tabachines; contemplando el vuelo sereno de las garzas al rizar la laguna; atento al canto de los pájaros tejiendo las sedas azules del aire...
En su encantador Zapotlán hay páginas que se nos antojan bocetos innominados de sobrenaturalismo. El autor, desde la otra orilla, urde escalofríos de inefable temblor y nos conduce por su dédalo onírico al través de los estadios luminosos del subconsciente.
"Huroneando el pasado",
en una noche de tornaviaje en que le pareciera haber oído el paso de la muerte. evoca las dis,tantes figuras de la niñez. desde cuando se imaginaba, al levantar los ojos al cielo. que las estrellas habían sido hechas por el latonero Herac1io Urtiaga; quizá desde aquellos tiempos en que creía que la primavera llegaba en el mismo ferrocarril que conducía el júbilo del circo. Así atraviesan por los estratos del sueño. tras sobrehumana concitación. las gentes lugareñas de su pueblo: deliciosas mujeres como Laura. que en el palenque de la plaza de gallos hubiera querido prender la urente elación de sus canciones y quien. fiel a su fátum (para ella que era 10 mismo el éxito que la derrota), acaba sus días trágicamente; La Chole y "La Vaquilla". que en los atardeceres cálidos se iluminaban para el amor y perdían a los hombres por aquel tiempo en que. en Zapotlán. era corriente "que en una noche de luna le partieran el co,. razón a un hombre por causa de una mujer"; tristes mujeres como Isabel Chavira. paseando. semidesnuda. a la luz de las Cabrillas; como la bruja Candelaria. que a la hora en que los , lobos del mal aúllan tristemente a la luna. cruzaba el villorrio dormido. y que una mañana amanéció ,muerta sobre una tumba. con los ojos vacíos; corno Cliseria Ocaranza, la pobre virgen a quien Guillermo Jiménez coloca en el mundo estático de aquellos di·' vinos conspiradores de soledades que fueron lo~ Padres ,del Desierto; hombres ,com';;' el incHO' Hilarío, especie de. santón que cortctba con su machete las trombas. 'Y'que una :vez hizo caer sobre ZapotIán una lluvia de pájaros marinos -blancos.' azules rosadoscomo si de las siete galerías del cielo hubieran caído imponderables alas angélicas; como Pedro Gaitán. gaItero fanfarrón.' y enamorado: "¡toda una epqpeya t" .•. y así. hasta que "la mañiU1a comien~a a dejar sus cabellos enredados en las rendijas" , llna teoría de' gentes y de "(osas pretéritas disolviéndose lentamente en el corazón.

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